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miércoles, 6 de diciembre de 2017

Respirar

Respirar. Eso era lo que necesitaba. Pero estaba en el espacio, lejos de mi nave espacial, perdido en el universo. Mi cable de seguridad se había roto y ahora vagaba sin rumbo en un universo infinito. ¿O era gigante pero finito? No lo sé, no lo recuerdo ya, y tampoco es que eso importe mucho. Un milagro era lo único que me podía salvar. Pero yo no creía en los milagros. Dejé de creer en ellos cuando mis padres, estando en una situación crítica, entre la vida y la muerte, murieron. Dejé de creer cuando aquella mañana, esa chica loca que había estado persiguiéndome toda la noche me estaba tocando y yo solo deseaba que alguien entrase en mi habitación y la echase. Dejé de creer cuando a mi hermana pequeña le diagnosticaron cáncer y vi como, mi último miembro en mi familia, moría entre mis brazos. Dejé de creer en los milagros cuando vi que nunca pasaría alguno.

     Sin embargo, y como de repente, alguien tiró de mí. Quedaba tan poco oxígeno que no pude ver quién era, mis ojos estaban cerrados y ya no tenía fuerzas. Escuché la voz de mi hermana pequeña. “Respira”, decía. Escuché las voces de mis padres. “Aguanta. No mueras. Respira”, susurraban. Centenares de voces, de todas aquellas personas que creían en mí, repetían una y otra vez la misma palabra: “Respira”. Intenté hacerles caso, pero ya no había oxígeno en mi traje espacial. Y, como si de un milagro se tratase, mi casco se soltó del traje y una bocanada de aire fresco me abofeteó la cara. Las voces me gritaban que respirase. Y respiré. El oxígeno entró en mis pulmones con gran rapidez y poco a poco fui recuperando la consciencia. Abrí los ojos y me vi de nuevo en mi nave. No sé cómo entré en la nave ni cómo me quité el casco. Rompí a llorar y respiré, respiré muy hondo. Los milagros existen para que respiremos. Para que no desistamos. Desde ese momento, empecé a creer de nuevo en los milagros. Y solo tenía que respirar para que se cumplieran.

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