Respirar. Eso era lo que necesitaba. Pero estaba en el
espacio, lejos de mi nave espacial, perdido en el universo. Mi cable de
seguridad se había roto y ahora vagaba sin rumbo en un universo infinito. ¿O
era gigante pero finito? No lo sé, no lo recuerdo ya, y tampoco es que eso
importe mucho. Un milagro era lo único que me podía salvar. Pero yo no creía en
los milagros. Dejé de creer en ellos cuando mis padres, estando en una
situación crítica, entre la vida y la muerte, murieron. Dejé de creer cuando
aquella mañana, esa chica loca que había estado persiguiéndome toda la noche me
estaba tocando y yo solo deseaba que alguien entrase en mi habitación y la
echase. Dejé de creer cuando a mi hermana pequeña le diagnosticaron cáncer y vi
como, mi último miembro en mi familia, moría entre mis brazos. Dejé de creer en
los milagros cuando vi que nunca pasaría alguno.
Sin embargo, y
como de repente, alguien tiró de mí. Quedaba tan poco oxígeno que no pude ver
quién era, mis ojos estaban cerrados y ya no tenía fuerzas. Escuché la voz de
mi hermana pequeña. “Respira”, decía. Escuché las voces de mis padres. “Aguanta.
No mueras. Respira”, susurraban. Centenares de voces, de todas aquellas
personas que creían en mí, repetían una y otra vez la misma palabra: “Respira”.
Intenté hacerles caso, pero ya no había oxígeno en mi traje espacial. Y, como
si de un milagro se tratase, mi casco se soltó del traje y una bocanada de aire
fresco me abofeteó la cara. Las voces me gritaban que respirase. Y respiré. El
oxígeno entró en mis pulmones con gran rapidez y poco a poco fui recuperando la
consciencia. Abrí los ojos y me vi de nuevo en mi nave. No sé cómo entré en la
nave ni cómo me quité el casco. Rompí a llorar y respiré, respiré muy hondo.
Los milagros existen para que respiremos. Para que no desistamos. Desde ese
momento, empecé a creer de nuevo en los milagros. Y solo tenía que respirar
para que se cumplieran.
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