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sábado, 24 de septiembre de 2016
El suelo - Oneshot
Hola, soy ese suelo que sueles pisar sin fijarte. Hace tiempo que quiero contarle al mundo como me siento. Soy pisoteado día y noche, sin parar ni un solo día, pero eso no me molesta. Al fin y al cabo, fui creado para eso. Pero yo he visto como sois los humanos. He visto historias de amor, de amistad, de traición y de odio. Y eso es lo que me molesta. Cuando veo a dos personas correr para abrazarse y tirarse a mí porque no les importa lo que los demás piensen, porque son felices de encontrarse... Dios, eso es maravilloso. Pero cuando una pareja tira al suelo objetos mientras grita... Eso me hace daño. ¿Por qué os empeñáis en pelear? Yo estoy dividido en miles de países, cientos de océanos, lagos y ríos. En cada planta de cada piso sigo estando ahí, dividido por cada casa. Y echo de menos a todas aquellas partes a las que ya no puedo alcanzar o que han muerto víctimas de los incendios. ¿Por qué os empeñáis entonces vosotros a estar separados por una pelea? Cuando llueve, yo vuelvo a ser fértil, olvido el dolor pasado y vuelvo a renacer. ¿Por qué a los humanos no os pasa? ¿Por qué, aunque os llueve todos los días y en el momento en el que queráis no sois capaces de olvidar el dolor y seguir estando juntos? Odio cuando os hacéis daños los unos a los otros, sois el mismo, ¿no lo veis? Yo necesito presenciar más actos de amor y de apoyo que de odio. Necesito ver más protestas por cosas injustas, más pedidas de matrimonio, más tiradas al suelo en un abrazo. Necesito ver menos armas en el mundo, menos balas, menos sangre siendo derramada sobre mí. ¿Y ese dolor que creáis en los otros? ¿Por qué jamás os paráis a pensar en eso? Es solo algo que quería compartir. Es algo que quiero exigir. Ya que me pisáis todos los días y me hacéis daño, ¿por qué no hacéis al menos esto que os pido? Quiero no ser bañada por más sangre y quiero que la gente se tire a mí feliz.
jueves, 15 de septiembre de 2016
Soy un... monstruo...
Cuando nací, nadie quería que yo llegase. Mis padres pensaban que me habían tenido demasiado jóvenes, mis abuelos no estaban de acuerdo con tener un yerno y una nuera como lo eran mis padres. Hasta a los médicos les pareció un fastidio que yo tuviera que nacer en ese momento. Lo noté en sus miradas, en sus suspiros, en las palabras que intercambiaban. Quizás ellos pensaban que no entendía nada, pero no era así.
Mientras iba creciendo, iba viendo más caras como aquellas. Las caras de los vecinos al yo despertarlos por mis lloros. Las caras de mis profesores al verme cada día. Las palabras de burla que decían mis compañeros al conocerme. Nadie hacía nada para evitarlo, yo tampoco hacía nada.
Cuando entré en primaria, yo ya estaba acostumbrado a eso. Ya no miraba los rostros, ya no miraba nada. Simplemente dibujaba, pero todas las miradas me parecían iguales. Nadie jamás me miró de otro modo, así que no sabía dibujar otra mirada.
Entré en la ESO sin tener ningún amigo, tampoco lo necesitaba. Siempre estuve solo, no tuve apenas contacto con la gente de mi clase. Todos me sentían como un intruso en aquel mundo. Jamás me pregunté el por qué. ¿Eso acaso cambiaría algo? No, claro que no.
El bachillerato se me pasó en un abrir y cerrar de ojos. Mi almohada ya iba notando algunos síntomas, aunque yo jamás me di cuenta hasta que fue demasiado tarde. Sacaba buenas notas en todo, pero aún así los profesores me veían como un fastidio. ¿Quizás era por mi nula atención en las clases? No lo sé, simplemente no me apetecía pensar en eso.
La Universidad resultó ser una gracia amarga. Yo empezaba a darme cuenta, pero me negaba a creerlo. Estudié lo que querían mis padres, yo no había encontrado aquello que me gustara. Allí la gente me veía diferente. No como si fuera una molestia, sino como si fuera alguien raro. Alguien distinto. Y aprendí a dibujar otro tipo de mirada.
Cuando terminé la carrera, me vi solo y sin camino decidido. Mis padres me echaron de casa, no podían aguantarme ya. Supongo que ya no me soportaban. No soportaban esa pasividad que tenía dentro de mí ante todo lo que me habían hecho.
Sentado en mi casa, debajo de un puente, había muchos mirándome. Era el nuevo, y era un fastidio tener que alimentar a alguien más. Yo rehusaba las comidas. Más de una vez me senté al borde de la orilla y me quedé mirando el fondo del río. Cualquiera que cayera allí podría morir ahogado por la corriente que había.
Un día, una chica se acercó a mí. Me miraba diferente a los demás y creo que, por primera vez en mi vida, sonreí levemente. Sin embargo, al ver aquello, todos los que me odiaban le cogieron tirria y comenzaron a apartarla de ellos también. Ella se encontraba sola. Un día sonreí para mí mismo al pensar en lo que haría aquel día. Yo sabía bien que ella no me quería, así que decidí alejarla de mí. En cuanto la vi aquel día, la besé. Ella me golpeó y se marchó, sorprendida. Sabía que ya no volvería a ir a verme, que ya me odiaría y los suyos la acogerían de nuevo entre ellos.
Ese día, volví a mirar el agua del río. Y quise tocarla. Mi almohada había notado primero mis lágrimas, luego que ya no podía dormir. Yo sabía que mi cuerpo no estaba bien. Que yo no era una persona normal. Era una persona odiada por todos. Sentí el agua alrededor de todo mi cuerpo.
Cuando sentí salir de mi cuerpo, vi que nadie prestaba atención a ese cuerpo ahogado que acabó en el mar. Jamás nadie me recordaría. Sentí que era ascendido, aunque no sabía a dónde. Escuché una voz retumbar en mi cabeza.
-Niño maldito, niño odiado por todos. Dos cosas pudiste hacer matar o morir. Ahora, podrás descansar en paz y amor.
Cerré mis ojos y desaparecí de toda dimensión. Dejé de existir. Justo como todos ellos querían.
Mientras iba creciendo, iba viendo más caras como aquellas. Las caras de los vecinos al yo despertarlos por mis lloros. Las caras de mis profesores al verme cada día. Las palabras de burla que decían mis compañeros al conocerme. Nadie hacía nada para evitarlo, yo tampoco hacía nada.
Cuando entré en primaria, yo ya estaba acostumbrado a eso. Ya no miraba los rostros, ya no miraba nada. Simplemente dibujaba, pero todas las miradas me parecían iguales. Nadie jamás me miró de otro modo, así que no sabía dibujar otra mirada.
Entré en la ESO sin tener ningún amigo, tampoco lo necesitaba. Siempre estuve solo, no tuve apenas contacto con la gente de mi clase. Todos me sentían como un intruso en aquel mundo. Jamás me pregunté el por qué. ¿Eso acaso cambiaría algo? No, claro que no.
El bachillerato se me pasó en un abrir y cerrar de ojos. Mi almohada ya iba notando algunos síntomas, aunque yo jamás me di cuenta hasta que fue demasiado tarde. Sacaba buenas notas en todo, pero aún así los profesores me veían como un fastidio. ¿Quizás era por mi nula atención en las clases? No lo sé, simplemente no me apetecía pensar en eso.
La Universidad resultó ser una gracia amarga. Yo empezaba a darme cuenta, pero me negaba a creerlo. Estudié lo que querían mis padres, yo no había encontrado aquello que me gustara. Allí la gente me veía diferente. No como si fuera una molestia, sino como si fuera alguien raro. Alguien distinto. Y aprendí a dibujar otro tipo de mirada.
Cuando terminé la carrera, me vi solo y sin camino decidido. Mis padres me echaron de casa, no podían aguantarme ya. Supongo que ya no me soportaban. No soportaban esa pasividad que tenía dentro de mí ante todo lo que me habían hecho.
Sentado en mi casa, debajo de un puente, había muchos mirándome. Era el nuevo, y era un fastidio tener que alimentar a alguien más. Yo rehusaba las comidas. Más de una vez me senté al borde de la orilla y me quedé mirando el fondo del río. Cualquiera que cayera allí podría morir ahogado por la corriente que había.
Un día, una chica se acercó a mí. Me miraba diferente a los demás y creo que, por primera vez en mi vida, sonreí levemente. Sin embargo, al ver aquello, todos los que me odiaban le cogieron tirria y comenzaron a apartarla de ellos también. Ella se encontraba sola. Un día sonreí para mí mismo al pensar en lo que haría aquel día. Yo sabía bien que ella no me quería, así que decidí alejarla de mí. En cuanto la vi aquel día, la besé. Ella me golpeó y se marchó, sorprendida. Sabía que ya no volvería a ir a verme, que ya me odiaría y los suyos la acogerían de nuevo entre ellos.
Ese día, volví a mirar el agua del río. Y quise tocarla. Mi almohada había notado primero mis lágrimas, luego que ya no podía dormir. Yo sabía que mi cuerpo no estaba bien. Que yo no era una persona normal. Era una persona odiada por todos. Sentí el agua alrededor de todo mi cuerpo.
Cuando sentí salir de mi cuerpo, vi que nadie prestaba atención a ese cuerpo ahogado que acabó en el mar. Jamás nadie me recordaría. Sentí que era ascendido, aunque no sabía a dónde. Escuché una voz retumbar en mi cabeza.
-Niño maldito, niño odiado por todos. Dos cosas pudiste hacer matar o morir. Ahora, podrás descansar en paz y amor.
Cerré mis ojos y desaparecí de toda dimensión. Dejé de existir. Justo como todos ellos querían.
domingo, 4 de septiembre de 2016
Y en ese mundo vivían ambos
Y en ese mundo vivían ambos. Él, capaz de leer los
sentimientos en la mirada. Ella, capaz de guardar todo en su interior sin que
nadie lo viera. Ambos estaban destinados a estar juntos por la eternidad, así
lo dictó el destino. Pero a veces la vida es tan cruel, que decide no hacer
caso al destino. Y ella los mantuvo separados. Ella sufría en silencio. Él veía
el sufrimiento en los demás sin saber qué hacer. Todos se metían con ambos,
solo por no conocerse. Y un día, ambos hicieron lo mismo, en el mismo momento.
Quisieron conocerse y ambos le dieron la espalda a la vida. Y cuando se
encontraron, ambos encajaron perfectamente. Sus almas se hicieron una en un
suspiro y ambos desaparecieron en el mundo. El pecado del chico era poder ver
los sentimientos. El de ella, ocultarlo todo. Y el destino decidió perdonarlos
y hacerlos desaparecer.
sábado, 3 de septiembre de 2016
Del interior (One-shot)
Antes de empezar la historia, deciros que podéis
encontrarla también aquí: https://www.fictionpress.com/s/3255874/1/Del-interior
Ahora sí, la historia:
Del interior (One-shot)
Estoy sentado. Otro día más que estoy encerrado. Hoy me
dejarán salir, creo. Aún no sé qué habrá ahí fuera, solo sé lo que he visto por
la televisión. Me llaman, ya es la hora de salir al exterior. Me levanto y voy
hacia fuera. Bajo las escaleras que llevan a la calle. Sin embargo, lo que veo
no me gusta.
Un grupo de gente con ropas extrañas se abalanzan contra un
grupo de gente con ropa normal. Los que tienen ropa normal gritan "¡él es
un niño normal! ¡no merece estar encerrado!". Los que tienen ropa extraña
no hablan, simplemente pegan con palos que parecen muy duros a los demás. Sus
ropas azules se empiezan a manchar de rojo. ¿Qué está ocurriendo?
Alguien se acerca a mí. "Digan lo que digan, eres un
niño normal, no dejes que te encierren nunca, ¿de acuerdo?" me dice. Su cara
me resulta familiar, algo imposible, puesto que nunca he salido al exterior.
¿En quién debo confiar? Todos ellos parecen tan lejanos de mí... Pero sin
embargo, parece como si me estuvieran... ¿protegiendo?
Las personas azules llegan hasta mí. No quiero que se
acerquen a mí, me dan miedo. Han matado a mucha gente a mi alrededor, gente que
decía que un niño era normal. Sin embargo, aquella chica que se acercó a mí...
Dijo que yo era normal. Con el niño... ¿se referían a mí?
"Niño, tienes que venir con nosotros, este lugar no es
seguro" me dice una persona azul que ya no es tan azul. "Vamos."
Me coge del brazo y tira de mí. No quiero irme con ellos, tengo miedo.
"¡Niño! ¡Huye!" Alguien lanza algo a los azules.
Y corre. Ellos llegan. Lo matan frente a mí, como lo han hecho con los demás.
Cada vez tengo más y más miedo. Socorro.
"¡Dejadle en paz! ¡Él no es un experimento! ¡Es un
niño normal!" Otra persona normal lanza algo de nuevo. Creo que saben lo
que siento y me quieren proteger. No quiero que muera nadie más con la ropa
normal.
Sin embargo, veo como también lo matan frente a mí. No
quiero que maten a nadie. No quiero.
Algunos más intentan protegerme. Acaban muertos.
No.
No.
¡No!
Grito. Grito todo lo alto que puedo. Noto algo dentro de
mí. Los azules caen al suelo. No sé si están muertos, pero yo sigo gritando. No
quiero que los que sienten lo mismo que yo mueran por mi culpa. Sigo gritando.
Me voy quedando sin aire. Pero algo dentro de mí me da más aire para seguir
gritando, más fuerza. Escucho como los edificios se agrietan. ¿Eso lo estoy
haciendo yo?
Siento que algo sale del interior. Una fuerza que empuja a
todos los seres malvados al suelo. Todos están en el suelo. Cierro los ojos.
Lo que hay dentro de mí sale con fuerza. Mientras más
grito, más fuerte es él.
"Todos están en el suelo, todos son malvados" es
lo único que pienso mientras grito con más y más fuerza. "Todos son
malvados"
Del interior sale algo. Y cuando abro los ojos, no sé dónde
estoy. Todo está oscuro y no siento nada. Floto en la nada. ¿Dónde estoy?
"Ahora es mi hora de jugar. Ahora te toca a ti estar
dentro."
Ahora, yo soy lo que está en el interior.
Perdidos en el eco (One shot)
Antes de empezar la historia, deciros que podéis
encontrarla también aquí: https://www.fictionpress.com/s/3255775/1/Perdidos-en-el-eco
Ahora sí, la historia:
Perdidos en el eco (One-shot)
Abro el periódico. De nuevo, otro anuncio
de alguien desaparecido. Y justo al lado, mi anuncio. Un anuncio que va sobre
encontrar a esas personas desaparecidas que hace mucho que no ves y que no
puedes seguir sin ellas. Miro el reloj. Ya va a ser la hora. Dejo el café en la
mesa y me levanto. Cojo el maletín y voy a mi lugar de trabajo. Yo trabajo en
las afueras, en unas ruinas de lo que eran antes unos edificios comerciales. Mi
despacho es el foro de un antiguo teatro. Al llegar por la zona, ya empiezo a
sentir las miradas de mis clientes. Saben a lo que se enfrentan. En mi anuncio
solo pongo mi número de teléfono y cuando me llaman, les doy toda la información.
Llego a mi despacho. Pongo el maletín en una desvencijada silla. Lo abro y miro
las fotos de aquellos desaparecidos con los que hoy se van a reencontrar. La
gente empieza a acercarse a mí y yo voy repartiendo las fotos. Ellos saben su
final. Yo también sé el suyo.
***
Ya no aguanto más,
necesito verla de nuevo. Su recuerdo me quema cada segundo más y más. No puedo
vivir sin ella. Desapareció de mi vida sin decir nada. Llamé a aquel que decía
que podría verla. Lo único que me dijo es lo que tenía que hacer. Voy al
antiguo teatro. Llego de los primeros, él me ofrece una foto y yo la cojo
desesperado. La miro rápidamente. Sí, es ella. Corro, huyo hasta un lugar en el
que sé que nadie nos molestará.
Ya estamos solos, aquí no nos podrán
molestar. No podré ni hablar ni tocarla, pero ella volverá a estar conmigo.
Levanto la foto y la miro. En un parpadeo, ella aparece ante mí. Simplemente,
la miro. Ella me mira a mí. Respiro hondo, no quiero llorar delante suya. Ella
sonríe levemente al verme. Ve la foto y su sonrisa se quita. Lo sabe. ¿Ella
hizo esto también?
***
Mi niña, mi
pequeña... Hace tanto que se fue de mi lado... El mundo ha dejado de saber de
mí... Necesito volver a verla, ya no me queda nada. Pero seguirá desaparecida.
Llamé a aquel que decía que podría verla. Lo único que me dijo es lo que tenía
que hacer. Voy al antiguo teatro. Ya hay mucha gente allí, todos parecemos
iguales, rotos y desesperanzados. Lo único que queremos es volver a verlos. Me
ofrece una foto. La cojo y la miro un par de segundos, es ella. Me voy de allí,
hasta algún lado donde pueda verla tranquilamente.
Aquí nadie podrá molestarme. Miro a la
foto y, un segundo después, miro hacia el frente. Y ahí está ella. Está seria,
solo mira la foto. Mira hacia el suelo y luego me mira amí. Su mirada parece
triste. ¿Sabe qué estoy haciendo?
***
Por mi culpa...
Por mi culpa él desapareció... ¿A dónde fue...? No hay nadie a mi alrededor, a
nadie le importo... Yo tengo la culpa de que la gente a la que amo me odie...
Yo ya... No lo soporto más... Llamé a aquel que decía que podría verlo. Lo
único que me dijo es lo que tenía que hacer. Voy al antiguo teatro. Solo está
él, soy la primera. Me ofrece una foto y la cojo. Segundos después, hay más
gente pidiendo sus fotos. Yo me alejo de allí. Quiero ir a algún lado alto,
donde él pueda ver el cielo azul y todo desde las alturas. Eso le encantaba.
Aquí estará bien. Podré verlo y él podrá
ver el cielo. No se podrá asomar, pero algo es algo. Miro la foto y alzo la
vista. Él está ahí, sonriéndome. Su cara ha cambiado levemente, ha crecido
mientras estaba desaparecido. Me mira y mira la foto. Los ojos se le empiezan a
poner rojos, pero no deja de sonreír. Aún recuerda que a su abuela le encanta
su sonrisa. Pero... ¿llora porque sabe lo que pasará?
***
Desde aquel
accidente... Él no ha vuelto a aparecer nunca más... Desapareció, se
volatilizó... Quisiera verle una última vez... Verle... Llamé a aquel que decía
que podría verlo. Lo único que me dijo es lo que tenía que hacer. Voy al
antiguo teatro. Ya está dando las últimas. Me ofrece una foto y la cojo. Lo
miro. Es él, es él. Dejo de mirarlo. Si lo sigo mirando, lo estropearé.
Necesito ir a algún sitio solitario, algún sitio donde no haya nadie.
Esto está algo retirado de dónde estaba
antes. Se está bien aquí, corre una leve brisa. Vuelvo a mirar la foto. Y él
aparece ante mí. Me mira entristecido, como si estuviera a punto de llorar...
¿él sabe lo que voy a sentir?
***
Las imágenes de
las fotos empezaron a desaparecer. Poco a poco, cada una de esas fotos se fue
quedando en blanco. Cada una de las personas gritaban con dolor mientras que
los reflejos de los recuerdos gritaban con ellos porque todos ellos sabían lo
que se sentía. De pronto, todos callaron. Inspiré lentamente. Sentía como poco
a poco ellos venían hacia mí. Cerraron los ojos y la foto calló de sus manos.
Se estaban convirtiendo en piezas de barro frágiles, muy frágiles. Y el dolor
con el que habían convivido durante tanto tiempo, hoy rompía esa vasija donde
estaban sus almas encerradas. Todos los cuerpos se hicieron polvo al chocar
contra el suelo. Los reflejos de sus recuerdos desaparecieron con ellos y las
almas del polvo entraron en las fotos. Fui sitio por sitio recogiendo las fotos
de todos ellos, por si acaso, alguna vez, alguien venía buscando a esas
personas desaparecidas. Guardé las fotos en mi maletín. Volví a mi casa. Los gritos
de aquellas personas, quedaron perdidos en el eco.
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