Nunca había visto
en mi vida una aurora boreal. Sin embargo, aquella noche, perdida en el bosque,
con mi vestido roto y con mucho miedo de lo que pudiera esconderse tras la
oscuridad, miré al cielo y lo vi. Era hermoso. Un gran espectáculo de luces que
danzaban lentamente, como si de un baile se tratase. Seguí caminando mientras
miraba el cielo, embelesada. Cuando me di cuenta, estaba en un pequeño claro,
no muy grande. Me tumbé en la hierba. Estaba helada por el frío de la noche y
la aurora boreal estaba sobre mí, decorada con miles de estrellas. Todo el
miedo y la inseguridad que sentía se había marchado con la compañía de aquella
vista.
Estiré mi brazo
hacia el cielo, intentando tocar las olas que hacía la aurora. Moví mis dedos
lentamente, como si la acariciara. Sentí una fuerte brisa recorriendo todo mi
cuerpo y poco a poco dejé de sentir la hierba en mi espalda. No sabía qué estaba
pasando, pero no podía dejar de mirar la aurora, que cada vez estaba más y más
cerca. Un fuerte brillo empezó a salir de mi pecho, a la vez que dejé caer mis
brazos al vacío. Estaba flotando, cada vez más cerca de las luces del norte.
Cuando me envolvieron, vi en una fracción de segundo todos los lugares que
había recorrido la aurora, mostrándomelo con suma calma y paz.
Cuando desperté
la mañana siguiente en mi cama, en mi casa, me extrañé. No conseguía recordar
nada de lo sucedido el día anterior, pero desde mi muñeca hasta la parte
interior del codo tenía un extraño dibujo de luces violetas sobre un fondo azul
muy oscuro y decorado con miles de puntos blancos. No sabía de dónde había
venido aquel dibujo y tampoco se podía quitar lavándomelo, así que conviví con
ello durante toda mi vida, sin saber lo que significaba.