¿Qué necesitas? Búscalo aquí

jueves, 11 de octubre de 2018

La sonrisa que te abandonó

Crecí contigo desde que nacimos. Nuestras madres se conocieron en el hospital y tu mano fue lo primero que conseguí agarrar con fuerza.

Fuimos vecinos desde niños, siempre jugábamos y reíamos. Creo que fue en aquella tierna infancia donde empezó todo, pero éramos solo unos niños, no nos íbamos a dar cuenta.

Cuando entramos al colegio, sonreías cada dos por tres, hacías bromas para que me riese y nunca me dejaste solo. Por muy débil que mi salud fuese, tú siempre estuviste a mi lado. Pero a veces, pocas, muy pocas, no te veía sonreír y me asustaba. Y lloraba, lloraba como aquel niño pequeño que era. Y tú venías con una sonrisa a secarme las lágrimas.

A punto de pasar a secundaria, me tuvieron que internar en el hospital. Tú venías a verme todos los días, pero nunca supiste que, antes de irte de la sala, tus labios no sonreían. Me tenías preocupado, cada vez más, pero seguía sin entender qué pasaba.

Y finalmente salí del hospital. Íbamos de la mano a todos lados, aunque la gente nos mirase raro. Yo no lo entendía, claro, para mí todo aquello estaba bien, pero tú empezaste a utilizar maquillaje para ocultar todo lo que sentías y te hacían.

En el instituto nos separaron, no estábamos en la misma clase. Empecé a notarte un poco distante, pero me respondías con que las asignaturas eran más difíciles, y era verdad. Así que ambos estudiábamos juntos, tú sin tu sonrisa y yo sin poder concentrarme, buscándola aunque fuese en tus ojos. Pero allí tampoco estaba.

En tercero de secundaria, ya apenas me hablabas. No me di cuenta en su momento, pero solo escuchabas aquello que te contaba con una sonrisa. Una sonrisa que me alivió al verla, pero que no me dejó completamente tranquilo. Algo no marchaba bien, pero no sabía qué era.

En bachillerato por fin entendí por qué nos miraban raro y, en vez de luchar por nuestra amistad y, quizá, por nuestro amor, me recluí en mí mismo. No supe ver que tú estabas muchísimo peor que yo y que el esfuerzo que hiciste por acercarte a mí y sonreír de nuevo te estaba destrozando por dentro. Fui egoísta, ahora lo sé.

Y tú me ayudaste a salir y a ser yo mismo, pero tú te hundiste tanto que, cuando me quise dar cuenta, tu sonrisa te había abandonado para siempre. No la hallaba ni en tus labios, ni en tus ojos, ni en el sonido de tu voz. No eras feliz, solo querías que yo lo fuese. Y ya no aguantaste más.

Cuando tu sonrisa te abandonó, tu alma se fue con ella. Tu destino era sonreír por siempre, pero alguien, quizá yo, te quitó tu sonrisa.

Te descubrí en la cama, durmiendo tranquilo, pero estabas frío. En la mesilla de noche, una caja de pastillas, vacía. Cuando quise darme cuenta, no estabas durmiendo. Tu pecho no se movía. Y mi sonrisa se fue también contigo.