Hizo un esfuerzo sobrehumano. Lo intentó, por todos los
medios. Quería alcanzar su móvil, avisar del asesino que llevaba matando meses
en aquella ciudad. Le había visto. Le había atacado. Estaba a punto de morir.
Necesitaba hacer esa llamada, denunciar al asesino. El siguiente sería su hijo
y eso no podía consentirlo. Sus fuerzas se acababan y aún le quedaba medio
salón para alcanzarlo. “Solo un poco más”, pensaba. Pero sus músculos ya casi
no le respondían. “No puedo rendirme aquí, por mi hijo, por Lance”. Él era su
motor, lo único que lo mantenía moviéndose. Sin embargo, se desplomó. No podía
más. La sangre había empapado toda la alfombra y ahora él no tenía mucha. Su
cabeza daba vueltas y se sentía cansado, muy cansado. Quería dormir. Tirado, en
el suelo, cerró los ojos. “Lo he intentado, lo siento. No he sido capaz. Te
quiero, Lance”. Suspiró una última vez.
Pero no era su
último aliento. El llanto de un bebé rompió el silencio que había en toda la
casa. “Lance”. No, él no podía hacer eso. No podía abandonarlo, no a su hijo.
Ya había perdido a su mujer cuando él nació, no podía permitir que él también
muriese. Lance merecía vivir. Solo un poco más, marcar y decir su nombre. Sacó
fuerzas de donde no las había. Rezó a todo lo que podía recordar y pedía unos
segundos más. Quería esforzarse una última vez, por su hijo. Y no sabemos si
alguien le oyó o no, pero alcanzó el teléfono. Marcó lentamente, para no
equivocarse, pero no le quedaba mucho tiempo. “Número de emergencias, ¿cuál es
su emergencia?” respondió una chica al otro lado. “El asesino es… Frederic…”
Dicho esto, su cuerpo cayó al suelo. La operadora hablaba, intentaba
comunicarse con él, pero ya era demasiado tarde. Con su último aliento,
pronunció el nombre de su hijo. El cual, cuando ya algo más mayor descubrió su
verdadera historia, decidió que sería tan buen padre por él y que su primer
hijo, se llamaría igual. “Tú hiciste un esfuerzo enorme por mí. Ahora me toca
hacerlo yo por ti. Te quiero, papá”.
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