Y en ese mundo vivían ambos. Él, capaz de leer los
sentimientos en la mirada. Ella, capaz de guardar todo en su interior sin que
nadie lo viera. Ambos estaban destinados a estar juntos por la eternidad, así
lo dictó el destino. Pero a veces la vida es tan cruel, que decide no hacer
caso al destino. Y ella los mantuvo separados. Ella sufría en silencio. Él veía
el sufrimiento en los demás sin saber qué hacer. Todos se metían con ambos,
solo por no conocerse. Y un día, ambos hicieron lo mismo, en el mismo momento.
Quisieron conocerse y ambos le dieron la espalda a la vida. Y cuando se
encontraron, ambos encajaron perfectamente. Sus almas se hicieron una en un
suspiro y ambos desaparecieron en el mundo. El pecado del chico era poder ver
los sentimientos. El de ella, ocultarlo todo. Y el destino decidió perdonarlos
y hacerlos desaparecer.
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